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Avanzado

EN BLANCO Y NEGRO

21-July-2011 12:15
Podría comenzarse estas líneas recordando que la dicotomía entre blanco y negro, así como la comunión entre estos dos “colores”, nos remonta a nuestros antepasados. De esto, y algo más, versan estas letras: de colores y de personas.
Desde el punto de vista de los colores, es perfecta esta “unión”, pero es grandiosa per se por el contraste que establece. Nada más claro para un documento que dejarlo en “blanco y negro”. Por su parte, los fotógrafos profesionales siguen defendiendo a ultranza su “blanco y negro”. En pleno siglo XXI, en el Cine, se observa esa tendencia, cual añoranza, de volver a la imagen en “blanco y negro”. ¿Algo tienen?

A nadie se le ha ocurrido aún escribir un libro solamente en blanco, o todo en negro; tampoco la fotografía y el cine han optado por utilizar el monocromatismo en relación con estos dos colores; escasos son los artistas plásticos que asientan su obra utilizando uno solo de estos pigmentos. Casi podría resumirse que “blanco” y “negro” se complementan perfectamente: no puede existir el blanco sin el negro, y viceversa; el negro resalta gracias al blanco, entretanto, el blanco lo hace a expensas del negro. El blanco (en colores) no se destaca sobre sí mismo, como el negro tampoco puede hacerlo. ¡Así de fácil! Solo “alguien” ha podido mostrar la realidad basándose en uno solo de estos “matices”, me refiero a la sombra. ¿Hay algo más hermoso que la propia sombra?... Vale por igual para negros y blancos.

De modo que la perfección en múltiples aplicaciones se erige, precisamente, sobre la base del “bondadoso” contraste entre blanco y negro. Así nos lo ratificaron unas décadas atrás Paul McCartney y Steve Wonder, en Ebony and Ivory, cuando acuñaban aquello de: “living in perfect harmony”… Nada más bonito —¿verdad?—: un excelente dúo de un blanco y un negro, justamente, hermanando (canción mediante) a blancos y negros.

En nuestro propio siglo XIX, los señores hacendados, portadores de la bandera racista mediante la explotación inhumana del negro como esclavo, sin embargo, disfrutaban sus noches a costa de, precisamente, las negras de sus hatos de esclavos. Y, desde entonces, muchos de nosotros llevamos en sangre ese “fruto” del contraste —dicotomía y comunión… latigazos y caricias— entre “blanco” y “negro”.

Estas líneas se centran, entonces, en un análisis —muy personalizada la visión— sobre el tema de las “pugnas” raciales en nuestro “patio”. En adelante, se proponen algunas ideas, anécdotas, sucesos que dejan entrever la posibilidad de que persiste, incluso a nivel de conciencia social, cierta tendencia a evidenciar que “negro y blanco” siguen siendo, meramente, eso: un contraste.

Me viene a la mente ahora una anécdota de un prestigioso académico nacional, en una charla profesional impartida en cierto corro científico. Por razones éticas divulgo, más o menos, su contenido, sin explicitar la fuente, a pesar de haber comentado él abiertamente su experiencia. Pues bien, esta persona preparaba una publicación (oficial) y, en uno de sus relatos, los protagonistas eran una muchacha de tez blanca y su novio “retinto”. Ellos estaban locamente enamorados y participaban de la Sociedad cada día —ellos sin prejuicios—, a la vez que la “Suciedad” participaba de ellos, pero prejuiciosamente. Así las cosas, llegó el día de “discutir” con la “censura” la mencionada publicación; el ente institucional que daba su “visto ¿bueno?”, acotó: “Profe… ¡este tema no!, porque ‘aquí’ no existe racismo y puede prestarse a falsas interpretaciones”. El académico, muy ducho y sincero —empero, algo atónito—, ripostó: “Pero… si no existen prejuicios ni discriminación raciales, ¿por qué vetarlo entonces?”… Es como para sacar nuestras propias conclusiones.

Unos años después… En cambio, recientemente, la televisión cubana ha promulgado ejemplos exquisitos en torno al tema; uno de los más recientes, y que gozó —a pesar de lo “impopular” de su emisión: horario y canal— de una aceptación excelente fue (algo así su título) “Un visitante inesperado”. Este teledrama (muy actual su propuesta, inserta en nuestra sociedad moderna) reflexiona acerca de la relación amorosa entre dos adolescentes: ella, una “blanquita” muy bonita; él, un “negrito”, ambos estudiantes… ¡Formidable!... ¡Sí que hay tela por dónde cortar!

Si se trata de resumir estas líneas —costumbristas, para nada de rigor profesional— que apenas comienzan, este teleplay mencionado las “calca” a la perfección, las sintetiza… beben de esa esencia, con ese enfoque. Su mensaje (el del teledrama… y en cierto porcentaje el de este escrito) es evidente: “Lamentablemente, existe en nuestra sociedad actual una forma de pensar —también de actuar— discriminatoria hacia las personas de la raza más oscura.

Desde el teatro bufo nos llega, burlonamente, la segregación del negro. Pero también hay sarcasmo racial en nuestra Cuba actual. ¡Cuántas veces no escuchamos en la calle expresiones discriminatorias como las siguientes!: “¡Mira para eso, le han puesto nombre “de negra!”; “No hagas las cosas como los negros”; “Allá ellos que son blancos y se entienden”. ¿Cuántas fábulas no encarnan, negativamente, la piel del negro? Y es que, en escala “de colores” (y, tal vez, de “valores” populares expresados en código de colores), la persona negra, los negros, han ocupado cierto escaño social, como también se les atribuyen —¡cómo no!— estratos a los pinareños, a los santiagueros… La música ha aportado también lo suyo: “la negra no quiere que le monten la guagua por detrás”; “¿quién tiró la tiza?/¡el negro ese!”; “el negro no tiene na’, caballero”; “¡Ay, Mami!, el negro está llorando/¿Qué será lo que quiere el negro?”… ¡¿Qué será lo que quiere el negro?!

En el análisis del racismo, evidentemente, hay aspectos importantes que no han de soslayarse. A continuación, se valoran algunos.

La existencia de un “racismo reverso”. ¡Cuántas veces no habremos oído la expresión, también popular: “No hay más racistas que los propios negros”! Desde el punto de vista académico, de un estudio científico, no podría yo aportar datos en este sentido; solo puedo hacerlo mediante “mis” apreciaciones. Siempre tengo en mente un fabuloso filme estadounidense de 2006 —Something new, traducido acá como “Un encuentro inesperado”— que recrea muy juiciosamente el tema. Y es que es una verdad: El racismo, a veces, comienza “por casa”; el filme de marras lo demuestra. Pero nuestra sociedad lo evidencia, asimismo, a cada momento. Podría, jocosamente, significarse la paráfrasis siguiente: “No hay peor ‘palo’ que el de la misma ‘astilla’”.

Ahora abordemos el asunto con la ayuda de los “atributos” (de los rasgos) femeninos. Las muchachas negras, cada mes (el tiempo varía, según sus posibilidades), se desrizan el cabello buscando un alisamiento, una textura lo más próxima al pelo sedoso “de las blancas”. Quizá, se trate de otra “importación” —¿imposición?, directa o subliminal— a través de las imágenes del clip musical yanqui, donde voluptuosas mulatas y negras exhiben sus cabellos “de concurso”. Pero lo cierto es que estas mujeres hacen hasta lo imposible (agraciadas por la tenencia de productos que las satisfacen en su objetivo) por mantener tersos sus cabellos. Acaso, ¿no es bello el pelo autóctono de las negras? Acaso, ¿no son bellas las negras originales? Acaso, ¿no han introducido cierto “ruido en el sistema” estos rasgos blancos “impuestos” como non plus ultra para la belleza femenina negra? Pero no, se les ha hecho creer a las negras que su belleza radica en cuánto pueden semejarse a las blancas. ¿No estarán desperdiciando “economía” estas muchachas en busca de los mejores champú, suavizador y tratamiento para el cabello? Y, ¿qué decir de los pelos teñidos de rubio o los lentes de contacto con vistas a mostrar los ojos de color claro? ¿No estarán bajando su autoestima? He conocido “negritas” inalcanzables por la más hermosa de las “blanquitas”. Valen aquí —estimo— aquello de: “Al César lo que es del César” y, más estatalmente, “Lo mío, primero”.

De este modo, siguiendo el hilo de Ariadna propuesto por a) la “película” comentada, y b) la arista de nuestra Sociedad cubana, en ocasiones, resulta polémico tener: un “blanco” en la familia. Ídem al revés (y variando el género). Entonces, se evidencia otra paráfrasis: “Para (dis)gustos se han hecho los colores”. ¿Por qué? Si los “colores”, a fin de cuentas, son un convenio.

Apartémonos un tanto del filme que nos dio pie a los comentarios anteriores y pasemos al “patio”; por ejemplo, a nuestras telenovelas cubanas. La ya pasada “Aquí estamos” —en mi criterio—, a pesar de referirse el aquí estamos a una generalidad social, sin embargo, adoleció de representación (equilibrio) racial; si no recuerdo mal una breve matemática al respecto: de 37 personajes, solo cuatro o cinco (incluidos los “medios tonos”… los multados) pertenecían a la raza negra. Ellos, lo negros, bien pudieron esgrimir: “¡Aquí no estamos!”. En otro extremo, la actual “Añorado encuentro” exhibe cierto “corrimiento” hacia el negro en busca, quizá, de un equilibrio étnico. Hay mayor representatividad; por tanto, mejor credibilidad.

Pero es que esto de la representatividad podría ir más allá de filmes y telenovelas; puede extrapolarse a la presencia del negro en distintos sectores profesionales y en diferentes grados de responsabilidades de la vida socio-político-cultural —el fenómeno, en distintos momentos, ha sido valientemente tratado entre “nosotros”—. Hay manifestaciones deportivas y culturales donde la presencia del negro es exigua; en cambio, existen otras en las cuales es mayoritaria, si no totalitaria (vale entonces el adagio de: “Donde las dan, las toman”). La vox pópuli apunta a: el ajedrez, la natación, en el contexto deportivo; el ballet, la poesía, la pequeña y grande pantallas, en el ámbito cultural, entre otros… En el plano deportivo, ya los chinos han demostrado que no existen “frenos” raciales en materia deportiva. En nuestra realidad cultural, también la danza ha dado sus “pasitos”. Pero hay significación aún.

Aparte de sectores, la vida real —por cierto, muy rica en este sentido— refrenda algunas marcadas posturas populares cuando se trata de la unión “negro-blanco” (combinando, por supuesto, los géneros). En el plano social, la repercusión va más allá de cuando el pintor, sobre su paleta, mezcla estos dos pigmentos obteniendo el “gris” deseado; nuestro “gris social”, todavía, encara —lamentablemente— otros matices.

Miradas y actitudes; aceptaciones y detracciones. El contexto social: la Calle, el Trabajo, los amigos, aún nos pasa algo de “gato por liebre”, todavía nos depara “tragos amargos”. De cuando en vez se palpa lo anterior, a pesar de: a) la mixtura abundante que ofrece nuestra ya multicolorida Cuba de los dos miles, y b) lo “tarareado” del tema. Hay que avanzar más.

Existe en nuestra sociedad otra postura bien comentada. En algunos ámbitos, otra “desviación” o, quizá, una falsa interpretación pragmática del tema parece ser la sobrestimación de la persona por su color oscuro, o sea, favorecer en determinados cargos y(o) responsabilidades a los “negros”, tal vez, buscando cierta representatividad de estos. Hasta se ha parodiado por nuestro humor criollo callejero una variante que combina raza y género, “matando dos pájaros de un tiro”: los deslices racial y de género; así las cosas, sarcásticamente, se dice que posee preferencia ante determinada responsabilidad la persona que reúne estas dos cualidades: mujer y “de color” (por supuesto, negro). Si bien ha sido siempre deplorable la diferenciación —la “explotación”— del hombre por su color, entiendo que resulta fatal ensalzarlo, precisamente, por lo que antes constituyó una excepción desfavorable: su piel… Es el otro “extremo” (ahora “bondadoso”) de la segregación. Incluso, la persona (negra, en este caso) debería sentirse —estimo— incómoda al saberse promovida por esta causa. Ídem con la “igualdad” de la mujer negra.

A quienes “incursionamos” en la gama cromática “más oscura”, a menudo, nos sucede que cuando conversamos con alguien en determinado contexto, esta persona puede proferir alguna frase, despectiva, en detrimento de la raza negra. Muchas veces, alegamos: “¡Oye, compadre, que mi mujer es negra!”; otras, en cambio, optamos por callar. Y es que, en realidad, la acotación solo cambiaría, a la postre, el discurso de nuestro semejante porque, en verdad, lleva ese estamento racial arraigado en su conciencia. O sea, en el par de categorías “causa y efecto” estaríamos incidiendo sobre el efecto, pero la causa seguirá enraizada conscientemente en el individuo. De modo que, puede decirse: “De nada vale”; sería como “Pedir peras al olmo”.

De veras que la vida real es mucho más rica que la teoría. Por ejemplo, analicemos el caso siguiente, con una visión metafórica del asunto. Yo (pintor) podría perder “público” (en especial, blanco) solo por el hecho de decidir mezclar el negro en mi “paleta” de colores; incluso, el matiz de una amistad puede tornarse algo diferente a partir de entonces. Esta alegoría se constata, más o menos frecuentemente, en nuestras vidas. En el otro extremo de la raxis, se corrobora cómo el hecho de juntar estos colores puede “abrir” determinadas puertas. Veamos. Una pareja: él, blanco; ella, negra. A los efectos de las personas negras, en muchas ocasiones, se establece con rapidez una muy buena empatía. Pero no es generalidad; también, a veces, se cierran las puertas. Estas posturas, cualesquiera sean las razas de las personas que las asumen, evidencian, ni más ni menos, la existencia de, al menos, un pensamiento segregacionista.

Incluso, existe cierta segregación racial en la publicidad. Salvo en escasos y muy intencionados “mensajes” publicitarios, los protagonistas no son, necesariamente, encarnados por personas de piel negra. Tampoco en cuanto a colores prima la selección (del blanco y el negro, amén del ya mencionado contraste óptimo) en pos de representar determinada marca o sello comercial. Es posible profundizar al respecto.

Podría citarse aquí algunas anécdotas. Recuerdo una, con mucho agrado.

En un acontecimiento cultural, de índole literaria, me encuentro con un profesional, amigo, sobre quien tenía yo la responsabilidad de presentar una obra suya. Luego del intercambio formal acostumbrado: “Hola, ¿qué tal, cómo andas?”, vino aquel otro ritual: “Mira, Fulano, mi esposa” (la de él, mi amigo negro, es una bella mujer rubia); entonces, yo —Bello rubio— respondo: “Mucho gusto; mire, ella es mi esposa” (la mía es, en cambio, negra… bueno, ella se autodefine “mulata”). Enseguida que terminó aquel protocolo, mi mujer, pellizcándome, me confiesa: “¡Ahora sí que no entiendo nada!”. Esta jocosa fábula solo sentencia que: “en el amor no caben colores”. El amor admite ese rico eclecticismo barroco —sin caer en cierto “ultraposmodernismo-abstracto” que se le quiere impregnar, últimamente (con alto grado de intencionalidad y pragmatismo), a los conceptos de relación y amor—.

La moraleja de la parábola anterior es válida también para la “amistad”.
En virtud de esa pródiga mezcolanza racial —que, a la postre, resulta en un amasijo sociocultural muy interesante—, hasta podría acuñarse que existen corrientes, estilos… propensiones de alcance internacional —solo me baso en la apreciación particular, no median estudios ni estadísticas—. Por ejemplo, los “gallegos” gustan mucho de nuestra endémica mulata; las alemanas muestran predilección por nuestros negros; los italianos se mezclan muy bien con las chicas negras de la Isla; las nórdicas sienten atracción por el mulato cubano… ¡¿Ven?! Ahora sí… ¡para gustos, colores!

Estimo que todo lo que pueda hacerse en pos de, realmente, equipararnos los unos a los otros —las unas a las otras y los unos a las otras—; todo lo que apunte a “igualdad”… a la tan necesaria igualdad, como bien sentencia el profe Calviño: “¡Vale la pena!”.

NOTA: Salvando distancias… Estas líneas no son un “artículo” ni constituyen un trabajo, estudio ni pueden calificarse como algo “serio”, de peso, como muchos verdaderos trabajos que sí llevan sapiencia histórico-cultural (academicismo) o qué sé yo en sus trazos. Este amasijo de ideas es, a la postre, el fruto de mi experiencia personal —encarnada en propia piel— acerca de algunos vericuetos del tema; asimismo, las he nutrido con algunas apreciaciones populares que, en cierta medida, van casi siempre imbuidas de una sabiduría especial y pródiga. Podría resumirse (su espíritu), parafraseando un tanto a Jorge Fedecaz y Ciro Bianchi, en su magnífico programa… “Como lo he vivido, te lo cuento”.


SERGITO



Editado 1 vez/veces. Última edición el 22/07/2011 11:06 por ernesto.
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sergitobello 283 21-July-2011 12:15



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