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Avanzado

¡Más realidad, más crítica, más socialismo!

Enviado por Desiderio Navarro 
Desiderio Navarro
¡Más realidad, más crítica, más socialismo!
11-April-2008 17:39
En el Informe "Cultura y sociedad" se afirma: "parece evidente que
se ha producido un desfasaje entre el proyecto cultural de la Revolución y los
referentes que establecen para sí mismos amplios sectores del pueblo".

Es necesario profundizar esta importante observación precisando que
esos amplios sectores establecen esos referentes culturales ante todo -y en
muchos casos casi exclusivamente- sobre la base de lo que antes han escogido o
creado para ellos los medios masivos nacionales, o sea, sobre la base del
repertorio cultural que les ofrecen esos medios. Ese desfasaje es hoy, ante
todo, una consecuencia del desfasaje entre el proyecto cultural de la
Revolución, de un lado, y la práctica cultural real de los medios masivos, del
otro. A lo que es preciso agregar que esta práctica potencia y se ve potenciada,
a su vez, por las prácticas culturales de espacios públicos como los destinados
al turismo, las redes gastronómicas y el comercio, y las de los circuitos
alternativos del mercado negro y la circulación underground de productos culturales.

Pasando revista a las fuerzas que podrían luchar exitosamente contra
ese desfasaje, el Informe "Cultura y sociedad" señala con razón: "Una de las
instituciones que mayor peso deberá tener en cualquier transformación de la
Sociedad y la Cultura es la Escuela". Y agrega: "Es indispensable extender la
presencia de la educación artística a todo el sistema general de la enseñanza".

Aquí es preciso recordar que ya en el pasado se han puesto tamañas
esperanzas en el poder transformador de la educación artística, pero casi
siempre se pensó y se obró como si la acción educativa se ejerciera sobre
receptores en una especie de estado de gracia cultural, libres de toda otra
acción conformadora, receptores paulatinamente moldeables como una plastilina
inerte conservada bajo una campana de vacío, para luego descubrir en la práctica
que la supuesta plastilina bien moldeada durante el día aparecía deformada cada
mañana. Muchos, desencantados, culparon a una supuesta resistencia intrínseca
del propio material humano; otros se daban cuenta de que éste había sido
desfigurado durante la noche por otras manos, y, más aún, que el receptor no era
plastilina pasiva e inerte, sino una criatura activa cuya capacidad de
autoformación era la que había que ganar para el disfrute de los placeres del
arte y la cultura y para la resistencia crítica a esas otras simultáneas
acciones externas de signo contrario.

Para tomar como ejemplo sólo la educación artística cinematográfica,
o sea, para el cine y mediante el cine: todos estaríamos de acuerdo en que
ofrecer a un receptor una, dos o tres horas semanales de filmes de Titón, Solás,
Rocha, Welles, Fassbinder, Bergman, etc., es educación artística; ahora bien,
ofrecer a un receptor por varios canales decenas, cientos de horas mensuales y
anuales de filmes de Hollywood y de sus imitaciones y homólogos de Brasil,
México, etc. (en entregas crecientes y cada vez más indiscriminadas), es también
formación de gustos, intereses, tablas de valores, hábitos perceptivos, demandas
de estereotipos, cultivo de sensibilidades, etc., o sea, también educación,
formación, pero en gran medida antiartística.

¿Se conoce con precisión la extraordinaria influencia sociocultural
que en Cuba, tan escasa de otras opciones para el uso del tiempo libre por los
más amplios sectores populares, tiene el consumo de ficciones televisivas, que
para muchas personas constituye casi la única vida cultural cotidiana?

A menudo en Cuba, y en la propia televisión cubana, se citan
críticamente las estadísticas del número de imágenes de violencia que ve un
niño, joven o adulto en los EUA por año. ¿Acaso se sabe cuántas imágenes de
violencia ve por año un niño, joven o adulto cubano en la TV cubana? Lo mismo
podría decirse a propósito de la banalidad y la trivialidad que tanto se critica
en la industria cinematográfica estadounidense. ¿Acaso las mismas películas
hollywoodenses son dañinas estética, psicológica, moral e ideológicamente,
cuando se exhiben en un canal televisivo de los Estados Unidos y no lo son
cuando se exhiben en los canales de la Televisión Cubana?

En los 70, y sobre todo en el Quinquenio Gris, para las instancias
de conducción y control político-culturales, todo era ideológico en la
producción hollywoodense y, en general, en la cultura extranjera occidental,
hasta llegar a la paranoia. Recuerdo críticas de la época como la que afirmó, en
un programa de la TV Cubana, que el patinaje en Xanadú era una incitación al
escapismo y la evasión de la realidad. Pero lo malo del realismo socialista no
era su preocupación por lo ideológico, sino el maniqueísmo, el dogmatismo y la
pobreza de la ideología que imponía y desde la cual juzgaba la producción
artística nacional y extranjera.

Cansados con razón de aquellos abusos interpretativos
ideologizantes, y, en muchos casos, influidos también por el relativismo
postmoderno de moda, para muchos hoy nada es ideológico en la industria cultural
norteamericana:

ni las películas de pura fascinación narrativo-visual con el modo de
vida de la aristocracia, los millonarios, el jet set y la clase media alta;

ni las dedicadas a demostrar dramáticamente la capacidad de
autocorrección del sistema capitalista estadounidense (FBI, CIA, Pentágono.) y
la del individuo aislado para lograr finalmente esa restauración del orden;

ni las historias de identificación simpática con el ladrón (asesino
o no, con alta o baja tecnología) de un banco, un superdiamante o una obra de
arte, desde la preparación, ejecución y persecución hasta el happy end del
tranquilo disfrute impune de "lo ganado";

ni los relatos de la nueva cenicienta (secretaria, camarera o
prostituta) con el príncipe azul multimillonario;

ni las historias conducentes a la utopía de la conciliación final,
festiva, de las clases, en el marco del capitalismo intacto;

ni los melodramas domésticos de la burguesía negra y las
ridiculizaciones del negro popular estadounidense (a las que con frecuencia se
prestan actores negros continuadores de aquella Mommy de la Señorita Escarlata);

ni las historias del exitoso self-made man que justifican todos los
medios e ignoran a los millones que quedaron por el camino, las mil y una
representaciones de la vida social como espacio darwiniano de una inevitable y
legítima lucha entre los que terminarán como winners, unos pocos, y como losers,
todos los demás.

Ésos son los veraces y profundos micro-relatos que a los "teóricos"
y prácticos locales del "vale todo" postmoderno les resultan aceptables mientras
rechazan, por mitológicos, los Grandes Relatos modernos de la Historia, la
Verdad, la Ciencia y demás. Y es que ya en el propio medio cultural tenemos
críticos postmodernizantes que realizan una defensa pública consciente y
abierta, no ya del indispensable entretenimiento, sino de la despreocupación
acrítica light, de la trivialidad, de la banalidad con todas sus letras.

Luego de ese bandazo, cuando se exhibe una determinada obra
hollywoodense a pesar de su flagrante carencia de valores artísticos, se la deja
pasar sin molestarse en dar justificación alguna o simplemente diciendo que "es
sólo entretenimiento". Y eso es falso. Esos filmes, seriales, videoclips, están
llenos de ideología, de ideas sobre el individuo y la sociedad, el estilo de
vida, el éxito, la propiedad, la familia, los géneros, la raza, etc., etc., por
no hablar de lo llenos que están de maniobras con los llamados "modos de
subjetividad", organizaciones de los sentimientos que escapan al control de los
sujetos cognoscentes, que, mediante fascinaciones, auras y emociones, logran
neutralizar y prevalecer sobre cualquier mensaje ideológico progresista
explicitado a nivel del diálogo o de la historia contada.

Es lamentable que, por añadidura, no se divulgue nada de la
abundante crítica radical, marxista o afín, de esa producción cinematográfica o
televisiva que se escribe y publica en los propios Estados Unidos, y sí se
divulgan decenas de filmes e informaciones hollywoodenses en los que el propio
Hollywood se canta a sí mismo, a sus obras, su historia, sus premios, sus ídolos
y su chismografía, con sus criterios de glamour, fama y taquilla.

Ya los países socialistas europeos mostraron claramente qué papel
extraordinario puede desempeñar la "industria cultural" estadounidense -entre
otras cosas, filme a filme- en la colocación de las bases y premisas culturales,
éticas, psicológico-sociales e ideológicas de una restauración del capitalismo.

Todos los informes de las Comisiones de Trabajo al Congreso son muy
específicos y concretos en lo que respecta a las diversas instituciones
culturales y extraculturales relacionadas con los problemas y tareas que
preocupan a este Congreso y a la UNEAC en su conjunto. Se mencionan
repetidamente la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, el Ministerio de
las Fuerzas Armadas, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Centro de
Derechos de Autor, la Unión de Periodistas de Cuba, el Ministerio de Finanzas y
Precios, la Oficina Nacional de la Administración Tributaria, el Banco Nacional,
el Ministerio del Turismo, el Ministerio de Educación, etc. Sin embargo, en
ninguno de los documentos, al hablar de los medios masivos, se menciona al
Instituto Cubano de Radio y Televisión, ni siquiera en el informe "Política
cultural y medios masivos".

Compañeros, hay que llamar a las cosas, y también a los sujetos
sociales, por su nombre.

Si ya en los documentos evitamos identificar e interpelar
directamente las instituciones que realizan las actividades que se critican y se
aspira a transformar -a pesar de que se pudiera suponer que en los debates del
Congreso se mencionarían sin falta esos nombres-, nosotros mismos estamos
creando condiciones para que esos documentos puedan quedar sin la inmediata
eficacia cultural y social que deseamos.

Por mi parte, soy de los que critica a los medios no por
subestimación, sino precisamente porque soy consciente hasta el dolor de la
importancia que tienen, no sólo para la formación cultural de la población, sino
también para la destrucción o la supervivencia y desarrollo del socialismo;
porque estoy lleno de comprensión, simpatía y solidaridad hacia todos aquellos
creadores, entre ellos tantos jóvenes, que dentro y fuera del ICRT luchan no
simplemente por una televisión que, cada nuevo día, sea mejor que la del pasado
prerrevolucionario o que la de otros países subdesarrollados o del Primer Mundo,
sino por una televisión que conforme y materialice el ideal de una cultura
mediática socialista, que es, en definitiva, el único término de comparación
legítimo a la hora de juzgar la obra cultural de los medios masivos en el
socialismo.

Ahora bien, la solución no está en la fácil y socorrida apelación a
la prohibición, sino en el difícil trabajo de permanente formulación, discusión
y revisión colectivas de múltiples criterios, de análisis, valoración y
selección según esos criterios, y de formación de críticos y espectadores que
juzguen según ellos y contribuyan a su ulterior mejoramiento y enriquecimiento.
No se puede confundir un espectador crítico con un espectador muy informado: un
espectador atiborrado de datos sobre filmes, su producción, sus directores y
actores, los personajes, hechos y ambientes presentados, no es todavía un
espectador crítico. Un espectador crítico es, sobre todo, un analista e
intérprete cinematográfico-televisivo por cuenta propia, capacitado tanto
estética como ideológicamente.

De lo que se trata es de que en la Televisión Cubana haya, sí, más
presencia de la realidad cubana actual con todos sus problemas, y no sólo sus
logros, pero también que haya menos presencia de ideologías reaccionarias a
través de productos mediáticos de los Estados Unidos y sus epígonos y análogos
de Brasil, México y otros países, y, sobre todo, que haya más crítica
ideológica, y no simplemente acríticas fichas técnicas o mera crítica artística,
estética, psicológica, de esas obras que, a pesar de todo, se exhiban.

De lo que se trata, en fin, es de ¡más realidad, más crítica, más
socialismo!


Texto de la última de las cuatro intervenciones de Desiderio Navarro
en el VII Congreso de la UNEAC, leído el 3 de abril en el marco de la segunda
sesión plenaria dedicada a la discusión del Informe "Cultura y Sociedad"
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